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 Manos Magicas

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Nick_Loveforever



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Fecha de inscripción : 14/02/2012

MensajeTema: Manos Magicas    Miér Feb 15, 2012 4:35 pm

Nombre: Un Héroe En Nueva York
Autor: ¿?
Adaptación: Sí. Autora: Nora Roberts. Libro.
Género: Hot
Advertencias: No.
Otras Páginas: No.




Les dejo la sinopsis y si comentan les subo el primer capi.


Un héroe en Nueva York
Sinopsis

Cosas que solo ocurren en la ciudad que nunca duerme...
El trabajo del escritor Joe Jonas era crear héroes, pero él nunca se había visto como uno. Sin embargo había algo en ______ Wallace, la tímida madre soltera que se acababa de mudar al piso de arriba, que le decía que debía protegerla, cuidarla y amarla para siempre...


Espero los comentarios chicas, un besote!.

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Nick_Loveforever



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MensajeTema: Re: Manos Magicas    Miér Feb 15, 2012 4:37 pm

Y un regalo que biene gunto con la sipnosis el el cap numero 1 deisfrutenlo...

Capítulo 1


Zark inhaló trabajosamente una bocanada de aire, sabiendo que tal vez fuera la última. Casi no quedaba oxígeno en el barco, y el tiempo se le agotaba. En cuestión de segundos, una vida entera podía pasar ante los ojos. Se alegraba de estar solo para que nadie fuera testigo de su alegría y de sus miserias.

Leilah, siempre Leilah. Con cada áspera vahaRoba la veía: los ojos azul claro, el pelo rubio de su único amor. Mientras la sirena de alarma aullaba en el interior de la cabina, Zark oía la risa de Leilah. Tierna, dulce. Y, al fin, burlona.

-Bajo el sol rojo, qué felices éramos... -musitó en medio de jadeos entrecortados mientras se arrastraba hacia la consola de mandos-. Socios, amigos y amantes...

Le dolían cada vez más los pulmones. El dolor lo atravesaba como mil dardos envenenados de los pantanos de Argenham. No podía malgastar aire en palabras inútiles. Pero podía malgastar pensamientos. Y sus pensamientos seguían fijos en Leilah.

¡Y pensar que ella, la única mujer a la que había amado, tuviera que ser la causa de su muerte! De su muerte, y de la del mundo según lo conocían. ¿Qué funesto giro del destino había causado el accidente que la había transformado de devota científica en una fuerza del odio y la maldad?

Se había convertido en su enemiga. La mujer que en otro tiempo fuera su esposa. Que seguía siéndolo, se dijo mientras se levantaba con gran esfuerzo hacia la consola. Si vivía y conseguía desbaratar su último plan para asolar la civilización en Perth, tendría que ir tras ella. Tendría que destruida. Si es que tenía fuerzas.

El Comandante Zark, Defensor del Universo, Líder de Perth, marido y héroe, apretó el botón con dedo tembloroso...

¡CONTINUARÁ EN EL SIGUIENTE NÚMERO!


-Maldita sea -masculló Robert Wallace, y se apresuró a mirar a su alrededor para cerciorarse de que su madre no lo había oído. Llevaba unos seis meses mascullando juramentos, casi siempre en susurros, y no quería que ella se enterara. Se le pondría esa expresión en la cara.

Pero su madre estaba ocupada revisando las primeras cajas que habían llevado los hombres de la mudanza. Él tenía que estar sacando sus libros, pero había decidido darse un descanso. Y cuando más le gustaba descansar era en los descansos que incluían a los cómics de la Universal y al Comandante Zark. Su madre quería que leyera libros de verdad, pero casi no tenían dibujos. En su opinión, el Comandante Zark estaba muy por encima de John Silver el Largo* y de Huck Finn**.

Tumbado de espaldas, Robert observó el techo recién pintado de su nuevo cuarto. El apartamento estaba bien. Sobre todo, le gustaba la vista sobre el parque, y tener ascensor también le gustaba. Lo que no le apetecía nada era empezar en un cole nuevo el lunes.

Su madre le decía que no se preocupara, que haría amigos nuevos y podría ir a ver a los de antes. Eso se le daba muy bien a su madre: le acariciaba el pelo y le sonreía de ese modo que le hacía sentir que todo iba a la perfección. Pero su madre no estaría allí cuando todos los niños de su clase lo miraran como al nuevo. Él no pensaba ponerse ese jersey nuevo, ni aunque mamá dijera que el color le iba con los ojos. Quería ponerse una de sus sudaderas viejas para que así, por lo menos, algo le resultara familiar. Imaginaba que ella lo entendería, porque su madre siempre lo entendía todo.

Sin embargo, todavía parecía triste a veces. Robert se apoyó en la almohada, con el cómic en la mano. Deseaba que su madre no se sintiera tan mal porque su padre se hubiera marchado. Ya hacía mucho tiempo, y él tenía que concentrarse mucho para recordar una imagen de su padre. Nunca los visitaba, y solo telefoneaba un par de veces al año. Pero daba igual. Robert deseaba poder decirle a su madre que no importaba, pero temía que se disgustara y empezara a llorar.

El no necesitaba un padre, teniéndola a ella. Se lo había dicho una vez, y ella lo abrazó tan fuerte que se le cortó la respiración. Luego, esa noche, la oyó llorar en su habitación. Así que no había vuelto a decírselo.

Los mayores eran muy raros, pensó Robert con la sensatez de sus casi diez años. Pero su madre era la mejor. Casi nunca le gritaba y, cuando lo hacía, siempre se arrepentía. Y, además, era guapísima. Robert sonrió mientras empezaba a quedarse dormido. Seguro que su madre era tan guapa como la Princesa Leilah. Aunque su pelo era castaño, en vez de rubio, y sus ojos grises, en vez de azul cobalto.

Le había prometido que cenarían pizza para celebrar el traslado al apartamento nuevo. A él lo que más le gustaba, aparte del Comandante Zark, era la pizza.

Se sumió en el sueño de tal modo que él, con la ayuda de Zark, salvaría el universo...



Poco después, cuando ______ se asomó, vio que su hijo, su universo, se había quedado dormido con un cómic de la Universal en la mano. La mayoría de sus libros, algunos de los cuales hojeaba de tarde en tarde, seguían embalados en las cajas. En otras circunstancias, le habría echado al despertar un pequeño sermón acerca de la responsabilidad, pero ese día no tuvo valor. Robert se estaba tomando tan bien la mudanza, aquel nuevo cataclismo en su vida...

-Este será bueno para ti, cariño -olvidándose de la montaña de cajas que le quedaban por desembalar, se sentó al borde de la cama para mirarlo.

Se parecía tanto a su padre... el cabello castaño claro, los ojos negros, la testaruda barbilla... Ella rara vez pensaba en el hombre que había sido su marido al mirar a su hijo. Pero ese día era distinto. Ese día significaba un nuevo comienzo para ellos, y los comienzos le hacían pensar en los finales.

Iba a hacer seis años, pensó, un tanto asombrada por cómo pasaba el tiempo. Robert era muy pequeño cuando Steven los abandonó, cansado de las deudas, de la familia y, sobre todo, cansado de ella. El dolor se había disipado, aunque el proceso había sido largo y lento. Pero nunca perdonaría a Steven por haber abandonado a su hijo sin miramientos.

A veces le preocupaba que a Robert pareciera importarle tan poco. Egoístamente, la alegraba que no hubiera formado un vínculo estrecho y duradero con el hombre que los había abandonado, pero a menudo, de noche, cuando todo estaba en silencio, se preguntaba si su hijito no guardaba algo dentro de sí.

Pero, en ese momento, al mirarlo, no le pareció posible.

______ le acarició el pelo y se volvió para contemplar la vista de Central Park. Robert era extrovertido, alegre y generoso. Ella se había esforzado mucho porque lo fuera. Nunca le hablaba mal de su padre, a pesar de que a veces, sobre todo los primeros años, tenía la amargura y el rencor a flor de piel. Había procurado ser un padre y una madre para él, y creía haberlo conseguido casi siempre.

Había leído libros sobre béisbol para ayudar a Robert a entrenarse. Había corrido tras él, pegada al asiento de su primera bici. Y, al llegar el momento de soltarlo, había contenido el deseo de seguir agarrándolo y se había regocijado al vedo bajar haciendo eses por el carril bici.

Hasta conocía al Comandante Zark. Sonriendo, le quitó el cómic arrugado de la mano. El pobre y heroico Zark y su descarriada esposa Leilah. Sí, ______ conocía al dedillo las tribulaciones y azares políticos del planeta Perth. No era fácil desenganchar a Robert de Zark y aficionarlo a Dickens o a Twain, pero tampoco lo era criar a un hijo sola.

-Ya habrá tiempo -murmuró tendiéndose junto a su hijo. Tiempo de sobra para los libros y la vida de verdad-. Ay, Rob, espero no haberme equivocado -cerró los ojos, deseando tener alguien con quien hablar, alguien que pudiera aconsejarla o tomar decisiones, certeras o equivocadas, a pesar de que con el tiempo había aprendido a evitar aquel deseo.

Después, con el brazo sobre la cintura de su hijo, ella también se quedó dormida.





~•~•~•~•~•~



La habitación estaba en penumbra cuando se despertó, aturdida y desorientada. Enseguida se dio cuenta de que Robert no estaba a su lado. Una punzada de pánico disipó su aturdimiento, pese a que sabía que era absurdo tener miedo. Robert no saldría del apartamento solo. No la obedecía a ciegas, pero al menos respetaba sus diez reglas básicas.

-Hola, mamá -estaba en la cocina, adonde su instinto doméstico la llevó primero. Tenía entre las manos un sándwich pringoso de mantequilla y mermelada.

-Creía que querías pizza -dijo, viendo en la encimera el gran frasco de mermelada y el paquete de pan aún por cerrar.

-Y sigo queriendo -le dio un buen mordisco al sándwich y sonrió-. Pero me apetecía comer algo ahora.

-No hables con la boca llena, Rob -dijo ella automáticamente mientras se inclinaba para besarlo-. Podías haberme despertado, si tenías hambre.

-Da igual. Pero no he encontrado los vasos.

______ miró a su alrededor y notó que, en su búsqueda, había vaciado dos cajas. Se dijo que debería haber organizado la cocina antes que nada.

-Bueno, enseguida nos ocuparemos de eso.

-Estaba nevando cuando me desperté.

-¿De veras? -______ se apartó el pelo de los ojos y se irguió para mirar por la ventana-. Ah, sí, todavía está nevando.

-A lo mejor el lunes hay dos metros de nieve y no puedo ir al cole -Robert se subió a un taburete junto a la encimera.

Ni ella al trabajo nuevo, pensó ______ , permitiéndose soñar un poco despierta. Nada de presiones, ni de responsabilidades nuevas.

-Me parece improbable -mientras lavaba los vasos, miró hacia atrás-. ¿De verdad te preocupa, Rob?

-Más o menos -se encogió de hombros. Aún quedaba un día para el lunes. Podía pasar cualquier cosa. Terremotos, ventiscas, un ataque del espacio exterior...

Pensó en esto último. Él, el Capitán Robert Wallace de las Fuerzas Especiales de la Tierra, lucharía sin descanso, hasta la muerte, para proteger y salvar a...

-Puedo ir contigo, si quieres.

-Pero, mamá, los chicos se reirían de mí -le dio otro mordisco al sándwich. La mermelada de uva chorreó por los lados-. No será para tanto. Por lo menos en ese colegio no estará la tonta de Angela Wiseberry.

______ no se atrevió a decirle que en todo colegio había una Angela Wiseberry.

-¿Sabes qué? El lunes iremos los dos a nuestra nueva misión y nos encontraremos aquí a las cuatro cero cero para informar.

La cara de Robert se iluminó al instante. No había nada que le gustara más que una operación militar.

-Señor, sí, señor.

-Bien. Ahora voy a pedir una pizza y, mientras llega, iremos sacando los platos.

-Que lo hagan los prisioneros.

-Se han escapado. Todos.

-Rodarán cabezas por esto -masculló Robert, metiéndose el último pedazo de sándwich en la boca.



~•~•~•~•~•~



Joseph Jonas permanecía sentado ante su mesa de dibujo, sin una sola idea en la cabeza. Bebía café frío, confiando en que estimulara su imaginación, pero su mente seguía tan en blanco como el papel que tenía delante. Sabía que los bloqueos existían, pero él rara vez los sufría. Sobre todo, teniendo el plazo de entrega encima. Y, naturalmente, iba muy retrasado.

Joe peló otro cacahuete y arrojó la cáscara hacia el cuenco. Golpeó en un lado y cayó al suelo, donde ya había unas cuantas. Por lo general, primero se le ocurría el guión y, más tarde, las ilustraciones. Pero como no había tenido suerte de ese modo, había cambiado de chip, con la esperanza de que, con el cambio de rutina, se le ocurriera alguna idea.

Pero aquel método tampoco estaba funcionando, lo mismo que él.

Cerró los ojos y procuró concentrarse para tener una experiencia extracorpórea. De la Radio llegaba una vieja canción de Slim Whitman, pero él no la oía. Estaba viajando a años luz de distancia. Había pasado un siglo. El segundo milenio, pensó con una sonrisa. Había nacido demasiado pronto. Aunque no creía que pudiera culpar a sus padres por haberlo tenido con un siglo de antelación.

Nada. Ni soluciones, ni inspiración. Abrió los ojos de nuevo y miró la página en blanco. Con un editor como Rick Skinner, no podía permitirse ínfulas artísticas. El hambre y la miseria estaban siempre a un paso. Molesto, Joe tomó otro cacahuete.

Lo que necesitaba era un cambio de escenario, una distracción. Su vida se estaba volviendo demasiado monótona, demasiado vulgar y, a pesar de su bloqueo temporal, demasiado fácil. Necesitaba algún desafío. Tirando las cáscaras, se levantó y empezó a pasearse por la habitación.

Era alto, fibroso y fuerte, gracias a las horas que dedicaba cada semana a levantar pesas. De niño había sido disparatadamente flaco, a pesar de que siempre había comido como un caballo. Las burlas no le importaron mucho hasta que descubrió a las chicas. Entonces, con la silenciosa determinación que lo caracterizaba, había cambiado cuanto podía cambiar. Le había costado un par de años y mucho sudor desarrollar el cuerpo, pero lo había conseguido. Aún no daba por sentado su físico, y procuraba ejercitar el cuerpo tanto como ejercitaba la mente.

Su despacho estaba lleno de libros, todos ellos leídos y releídos. Le dieron ganas de sacar uno al azar y zambullirse en él. Pero tenía un plazo de entrega. El gran perro marrón tumbado en el suelo se giró sobre la panza y lo miró.

Joe le había puesto de nombre Tas, por el Diablo de Tasmania de los dibujos de la Warner, pero Tas no era precisamente un torbellino de energía.

El perro bostezó y se restregó lánguidamente el lomo contra la alfombra. Joe le gustaba. Joe nunca le pedía que hiciera tonterías, y casi nunca se quejaba si había pelo en los muebles o si hacía de vez en cuando una incursión en el cubo de la basura. Además, Joe tenía una voz agradable, baja y paciente. Lo que más le gustaba a Tas era que Joe se sentara en el sueño con él y le acariciara el denso pelaje marrón mientras le contaba sus ideas. Tas miraba su cara fina y angulosa como si comprendiera cada palabra.

A Tas también le gustaba la cara de Joe. Era amable y fuerte, y la boca casi nunca se curvaba con reproche. Sus ojos eran claros y soñadores. Sus manos anchas y recias conocían los mejores sitios para rascar. Tas era un perro muy feliz. Bostezó y volvió a dormirse.

Cuando sonó el timbre, e1 perro se movió lo justo para tensar la cola y gruñir un poco.

-No, no estoy esperando a nadie. ¿Y tú? -respondió Joe-. Iré a ver -pisó las cáscaras de los cacahuetes con los pies descalzos, y lanzó una maldición, pero no se molestó en agacharse a recogerlas. Esquivó un montón de periódicos y una bolsa de ropa sucia que tenía que llevar a la lavandería. Tas se había dejado un hueso en la alfombra Aubusson. Joe lo mandó a un rincón de una patada y abrió la puerta.

-Su pizza.

Un chico huesudo de unos dieciocho años sostenía una caja que olía a gloria. Joe respiró hondo, disfrutando su aroma codiciosamente.

-Yo no la he pedido.

-¿Este es el 406

-Sí, pero yo no he pedido pizza -husmeó otra vez-. Ojalá la hubiera pedido.

-¿No es usted Wallace?

-No, soy Jonas.

-Demonios.

Wallace, pensó Joe mientras el chico cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro. Wallace acababa de mudarse al 604, el apartamento de Henley. Se rascó la barbilla, pensativo. Si Wallace era la morena de largas piernas a la que había visto subiendo cajas esa mañana, merecía la pena investigar.

-Conozco a los Wallace -dijo, y sacó unos billetes arrugados del bolsillo-. Yo se la subiré.

-No sé, no debería...

-Bah, no te preocupes por nada -dijo Joe, y añadió otro billete. La pizza y la vecina nueva tal vez fueran la distracción que necesitaba.

El chico consideró la propina.

-Está bien, gracias -a lo peor, los Wallace no eran ni la mitad de generosos.

Con la caja en equilibro sobre la mano, Joe se dispuso a salir. Entonces se acordó de las llaves. Se paró un momento a rebuscar en los bolsillos de sus vaqueros descoloridos y entonces recordó que las había dejado en la mesilla de la entrada al llegar la noche anterior. Las encontró debajo de la mesa, se las guardó en un bolsillo, notó que tenía un agujero y se las metió en el otro. Esperaba que la pizza llevara pepperoni.


_____________

* Personaje ficticio de la novela La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson.

** Las aventuras de Huckleberry Finn (1885) escrito por Mark Twain
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Grachi
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MensajeTema: Re: Manos Magicas    Sáb Feb 18, 2012 4:34 pm

OHHH PRIMERA LECTORAAAA SIGUELA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! okey!!!!!


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MensajeTema: Re: Manos Magicas    Dom Feb 26, 2012 7:35 am

segunda lectora siguela please esta muy bonita tu nove siguela


iia pase por akii Y akii estan miz huellas Like a Star @ heaven Like a Star @ heaven Like a Star @ heaven azhul d' SK okey!!!!!
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MensajeTema: Re: Manos Magicas    Vie Mar 16, 2012 2:12 pm

hola vi tu nove y esta muy linda espero la puedas seguir pronto... =)


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MensajeTema: Re: Manos Magicas    Jue Dic 26, 2013 1:38 pm

siguela porfa esta muy buena....
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MensajeTema: Re: Manos Magicas    Hoy a las 11:24 pm

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